sábado, 7 de agosto de 2010

El Farruquín

Farruquín

Gritos, cuchilleo, exclamaciones y risas. Todo eso define a un colegio, chicos que no comprenden la realidad, el porqué de las cosas. Pueden ser muchas cosas, en si a nadie le interesa el pasado, la historia. La de Berazategui es atrayente, por ejemplo, funciona un colegio sobre las calles 144 entre 12 y 13, la escuela n° 8.

Su historia es la siguiente, que no es invento de nadie, ocurrió porque así se dio.

Esto había pasado en los años 20, 30 o 40, cuando por estos lados, como mucho, había algunas casas que rodeaban el núcleo de la ciudad, seguidas de una infinidad de quintas que rodeaban sobriamente el lugar enredado por caminos que sólo los paisanos de la zona reconocían. Todo estaba decorado por los pastizales secos que inundaban espesamente el paisaje. Ellos respondían ante la vista con ruidos propios de la naturaleza, una tranquila música de origen animal. El sol caía suavemente sobre el suelo y la brisa tenue junto a él se deslizaba. Los inviernos eran muy crueles, a diferencia de lo descripto, pero se solían disfrutar igual.

El hombre, como se entiende por la palabra, en esos años era tal, con moral, mucha moral. Los chicos de ahí se formaban para ser tales, con el respeto a los mayores, hacer el orden, cumplir el deber de estudiar, trabajar y otras cosas que lamentablemente se extinguieron.

Volviendo al tema de la escuela n°8, no siempre estuvo ahí. Anteriormente, exactamente sobre sus cimientos se extendía una laguna no muy grande pero lo suficientemente profunda como para que un chico se ahogue. A unos metros del colegio, hoy por hoy, hay una pizzería, que cuentan que precisamente en donde ésta está había una choza.

Por aquellos años, mientras estuvo la casucha, pasaron cosas raras. Se la describió siempre de la misma manera. No pasaba la altura del pueblerino tipo, no era muy grande, sólo constaba de una habitación para dormir (se suponía ya que nadie entró para afirmarlo). La cocina estaba por fuera, unas simples brasas de innumerables usos. El baño en cambio se situaba por detrás de unos árboles, que variaban según la frecuencia de uso. Se llegó a la conclusión de esto porque cuando se rondaba por el lugar siempre se encontraba rastros, signos humanos. Luego, las paredes y el techo eran de un metal oxidado que no combinan sus golpeadas piezas entre sí, además de los años que traían encima. Las ventanas, por así decirlo, eran vidrios de dudoso color y transparencias, aunque permitían que la luz del día se filtre por ellas e iluminen la choza. Si se quería entrar a tal aposento, dudando que alguien quisiera hacerlo, se debía empujar una tabla de madera que funcionaba como tal, aunque sin bisagras, picaporte ni candados. Todo muy rústico. Muchos se preguntaban desde hacía cuánto se encontraba la choza ahí, pero era todo un misterio, ni los ancianos de esos tiempos lo sabían, solo que siempre estuvo.

¿Pero entonces... quién vivía allí? Los escépticos afirmaban que eran vagabundos que variaban con los años, otros que eran jóvenes que huían de la ley y se refugiaban allí temporalmente. Sin embargo algunos iban más allá, sostenían que allí vivía alguien, el Farruquín.

Era un viejo, tal vez lo siga siendo. Vivió muchísimos años, su mirada lo refleja. Su piel maltrecha, una corteza que sólo cuenta días a duras penas. En su frente se anuncia una cicatriz, que seguramente se la habrá ganado en la lotería de una riña callejera. La nariz que baja de su única ceja describe la forma perfecta de un gancho muy curvo. Sus labios, de textura áspera, resguardaban lo liso de sus encías ausentes de toda dentadura. La brisa de su aliento sólo era comparada con el aroma que desprende una fosa séptica, por más exagerado que parezca.

Su contextura física se simplificaba en escuálida, flaca, flácida. El pecho era un poco más grande que su cuello, el cual estaba compuesto por ramificaciones finas. Sus brazos sobresalían, no por el tamaño sino por la fuerza de ellos, dicen que se comportaban como tenazas, pinzas, algo que ejercía mucha presión. Se lo veía en pocas ocasiones, en las cuales siempre vistió de la misma manera: camisa blanca, o que al menos lo fue en algún tiempo, y un pantalón marrón a rayas sostenido, en lugar de un cinturón de cuero, por unos hilos.

Además, solían desaparecer chicos. No se los lamentaba mucho, eran de esos que no se les veía una gran vida, pero compartían las mismas características: vagos, rateros, pocos estudiosos. Tampoco se investigaba mucho, o sí y nunca se dijo la verdad.

Como se podrán imaginar el causante de todas estas desapariciones era el estimado Farruquín. Él era quien los atrapaba, los maniataba y los llevaba dentro de su morada. Allí podían pasar horas haciéndoles vaya a saber uno qué, para luego, finalmente, ahogarlos en la mencionada laguna. Esto habrá ocurrido varias veces.

Con el paso de los años, la laguna se secó, se hizo el colegio encima de la laguna, la choza se fue destruyendo sola poco a poco, para luego no quedar nada. El Farruquín, se habría ido a otros lados, nunca se supo, aunque sospechosamente siempre solían faltar algunos críos en las casas.

Hoy sólo me queda por advertirles, porque el Farruquín anda por ahí buscando víctimas, jóvenes, que puede ser tu hijo, tu sobrino, primo, amigo, y tal vez vos….

Por Avila Facundo Julian

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